Para los que sueñan una Unión Europea fuerte y respetada en los asuntos internacionales estas son semanas dificiles. El mundo árabe está hirviendo bajo protestas y revoluciones para la instauración de la democracia y, especialmente en el Mediterráneo, las cosas se estan poniendo muy complicadas : la comunidad internacional, liderada por EE.UU. reacciona de manera fuerte en apoyo a las recien nacidas democracias tunesina y egipcia, y parece preparar una acción rotunda contra el dictador libio Gadafi, pero en Europa las iniciativas políticas estan todavía en las manos de los 27 ministros de asuntos exteriores, especialmente de los ’grandes’ de la UE. Sin embargo, el Consejo de ministros de asuntos exteriores se reunía cuando la situación en Libia precipitaba dramaticamente. Desafortunadamente,su declaración conclusiva se refería solo al país de Gadafi, dejando de lado los hechos de Túnez y Egipto y sin considerar los posibles – si no probables – efectos en otros países árabes como Argelia, Marruecos, Bahrein, Yemen y hasta Arabia Saudí. Además, durante esta reunión sólo se tomaron las decisiones estrictamente necesarias – como fueron el embargo de la ventas de armas, el control de las fronteras y el apoyo a la transición democrática – medidas que no costituyen una respuesta adecuada.
Sin embargo, como señala Enric González en El País del domingo 6 de marzo, las protestas en el mundo árabe “afecta(n) a tal volumen de personas y territorio, entraña(n) tantos posibles cambios políticos y geoestatégicos, tanto impacto potencial en la economía mundial, tanto desconcierto en las diplomacias, que cuesta imaginar que el siglo XXI depare muchos acontecimientos de este calado”. Estamos entonces viviendo una época de cambio que, sin duda, va a redibujar la cara al mundo. No obstante, las reacciones en Europa parecen demasiado moderadas y conservadoras, y los Estados miembros se muestran precavidos ante las potenciales consecuencias en materia de inmigración y abastecimiento de energía. Y por que, sobre todo, la baronesa Catherine Ashton no ha sido capaz de imponer una posición más fuerte al Consejo. Lo que muchos esperaban de Europa era la inmediata condena de las violentas reacciones de los dictadores norteafricanos y el apoyo decidido a la ola democrática árabe. Así Europa no solo habría ganado en popularidad en el mundo árabe, sino que también habría roto con la ambigüedad tipica de la realpolitik estadunidense que, por un lado, apoya a los dictadores que facilitan sus intereses en el área y, por otro, se muestra como el ’exportador de democracia’ allí donde haga falta. Una posición fuerte en este fundamental asunto de política exterior habría facilitado la creacción de una identidad democrática europea en oposición a la visión americana del mundo, y también habría ayudado a Europa a mostrarse como interlocutor fiable para la comunidad internacional. Sin embargo no ha sido así, principalmente por que algunos paises – Francia e Italia en particular – han preferido defender sus pequeños intereses privados en vez de promover firmemente la transición democrática en África del Norte y la creación de una verdadera política exterior europea.
La actual crisis del mundo árabe y la respuesta de la UE han demostrado toda la debilidad política y personal de la Alta Representante Catherine Ashton. La baronesa inglesa, ya Comisaria para el comercio, está otra vez en el ojo del huracán por culpa de su incapacidad de influir sobre las decisiones del Consejo. La Jefa de la diplomacia europea ya tuvo que enfrentarse a criticas por su gestión de la catastrofe de Haití y de la crisis debida al ataque de la flotilla de Gaza, pero, sin embargo, esta pobre actuación durante las revueltas árabes podría acabar con su carrera de Alta Representante. De hecho, el Presidente del Consejo, Herman Van Rompuy, ha empezado a tomar las riendas del juego, convocando el 11 de marzo una reunión de emergencia del Consejo Europeo sobre los conflictos norteafricanos. Catherine Ashton, así como el Presidente de la Comisión José Manuel Barroso, tendrán que presentar un informe sobre la situación, proponiendo, eventualmente, medidas al respecto. Parece evidente que la intención de Van Rompuy es la de desautorizar a Lady Ashton de sus poderes, tomando control de la política exterior europea.
Quizás entonces ha llegado el momento de que Catherine Ashton asuma su incapacidad de gestionar un asunto tan delicado e importante como la diplomacia europea. Su designación ha permitido a muchos Estados miembros lograr el resultado que pretendían, es decir poner en mando a una persona débil e incapaz de oponerse a los aparatos diplomáticos de Francia, Reino Unido y Alemania. Sin embargo, Europa merece algo más para su diplomacia y su posición internacional. Merece un líder fuerte que sepa tener en cuenta los mayores poderes que tiene la Alta Representación desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa y los cambios que el mundo está viviendo y va a vivir en el futuro.


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